Pensándolo bien, los finales siempre me han arruinado las mejores historias, así que puede ser mejor que algunas no lo tengan.
Es curioso, hace tres semanas, en Navidad, a cero grados y sin un solo copo de nieve, tampoco estábamos contentos. Qué clase de Navidad es esta sin nieve, ya no es lo mismo que hace diez años, estos ya no son inviernos como los de antes, todavía no se puede esquiar porque no hay suficiente nieve. Qué decepción de invierno.
Qué triste es ver últimamente a Europa, con sus vueltas a la derecha más radical, a los nacionalismos, empeñada en negar o ignorar todo lo que esté más allá de sus fronteras, sumida, entre otras cosas, en esta gran mentira, que casi todos se creen a ciegas, como niños.
No seas ingenuo, Alejandro, el agua no se está acabando ni se va a acabar: se les va a acabar a ustedes, al Tercer Mundo, pero a Europa no le va a faltar agua nunca, porque si aquí escasea la vamos a importar, se la vamos a quitar a alguien, o bueno, vamos a pagar un poco más por que se la quiten a otros.
Ella se va y yo entro a mi siguiente clase, pero durante el resto de la tarde sigo pensando en eso que he querido escribir desde hace ya más de un mes y no he podido. Sobre Ayotzinapa, sobre la marcha, sobre mi hermana Carmen.
Sé bien que no todo México es Playa del Carmen, que no toda la Ciudad de México es Coyoacán, Polanco y Xochimilco, que no todo aquí es folklore y alegría. Decir México es decir narcoestado, desaparecidos, violencia, racismo, pobreza, feminicidios. Decir México es decir Tlatlaya, Ayotzinapa, Tlalmanalco, San Juan Ixtayopan.
Yo me propuse observar con detalle qué es lo que hacen dos millones de católicos de todo el mundo cuando se juntan. Pasé horas deambulando entre las masas, yendo a conciertos cada día, hablando con cuanto peregrino pude, escuchando al papa, preguntando, leyendo las homilías que no pude escuchar en vivo, todo entre cantos de ¡Es-ta-es-la-ju-ven-tud-del-pa-pa!
Por culpa de esta decisión de la FIFA –la de celebrar la Eurocopa y la Copa América al mismo tiempo, llevo ya un par de semanas durmiendo muy mal, a intervalos irregulares de tres o cuatro horas, quedándome despierto hasta las 5 am, o durmiendo por la tarde y levantándome a las 2 am.
Yo tengo que fingir, cada semestre –entre muchas otras cosas-, que me importa que salvemos al planeta, que debemos hacer algo antes de que sea tarde. Pero no me lo creo ni por un segundo; estoy convencido de que ya es demasiado tarde, de que tenemos el planeta que nos merecemos, de que estamos destinados a extinguirnos y a cargarnos el planeta.