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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

Categoría

Personal

Siempre Estefanía

He cambiado de casa no sé cuántas veces, y sólo hay dos cosas que me llevo siempre a donde voy: un cuadro –aunque es más bien un póster plastificado- de Beatriz Aurora y algún fragmento de Palinuro de México. Es un libro de esos. De los que no se sale, ni se quiere salir. Aunque yo esté en Cracovia, y mi libro en Buenos Aires y Estefanía en la plaza de Santo Domingo del DF.

Cada día es un regalo

Ha sido un mes particularmente deprimente. Es la cuarta o quinta vez que comienzo a escribir este texto. Siento por momentos que las manos y el pecho y la garganta me laten de odio. Mentira. Debe de ser la sexta o séptima vez que empiezo este texto durante los últimos días. Y nada. Me quedo en blanco a los dos párrafos, lo borro todo, empiezo de nuevo, vuelvo a borrarlo. Y ese odio del pecho se vuelve desolación, y acabo cerrando mi lap top y yéndome a la cama.

Postales mexicanas II: ¡Viva México!

Y ahí están, ahí siguen y van a seguir sucediendo todos los días mientras haya México y mexicanos. Son historias que en cualquier país civilizado asustarían, pero que en México son nuestro pan de cada día; peor aún, son historias que nos negamos a ver, y que negamos y escondemos ante el extranjero –y a menudo ante otros mexicanos-. ¿Qué van a pensar las visitas si ven este mugrero?

El país de las consonantes impronunciables

Durante los últimos 4 años he vivido rodeado de sílabas imposibles, de inviernos largos que alcanzan los 25 grados bajo cero y que cubren la ciudad de una blancura increíble, de comida triste y con muy poco sabor, de mujeres guapísimas, de una liga de futbol para llorar (incluso peor que la mexicana), de gente con semblante serio y esporádicas sonrisas, de meseros malhumorados y del mejor vodka del mundo. Así, a grandes rasgos, ha sido mi experiencia en Polonia, el país de las consonantes impronunciables.

Email de un amigo mexicano cagándose de miedo

No sé qué tanto sigues las noticias de lo que pasa acá, no sé si te gusta saber lo que pasa acá; si el estar lejos hace que eches de menos todo o que al contrario, quieras desconectarte de toda esta porquería. No sé si te enteraste de lo que pasó en Chihuahua hace unos días, lo de los niños que estaban jugando. Sé que no te va a sorprender mucho, y si te lo cuento es porque lo que me pasa a mí ahora está muy relacionado con eso.

Postales mexicanas: ¡Felices fiestas!

Estas diez postales no son ni las más violentas, ni las más inverosímiles, ni las más devastadoras; son historias que acompañan el desayuno de los mexicanos todos los días.

Una torpe forma de decirle…

A mí me importa una absoluta mierda saber que mis amigos están “ahí”. Eso no me sirve. Yo quiero a mis amigos aquí, cerca, conmigo, pero no es posible; pues bien, prefiero entonces pensar que mis amigos están “suspendidos”, en stand by, cerrados por remodelación. En coma de amistad. Vegetando.

Siete minutos, cien mentiras

Me gusta pensar que esto no es exclusivo, que todos tenemos de vez en cuando estos días. Días inexplicablemente grises; días en que despierto cenicero lleno, y camino como queriendo no llegar ni quedarme; días de desgana, silenciosos, inexpresivos. Días bostezables, rompibles, hediondos a deseos de fuga.

Una nostalgia de la chingada

Cuando alguien me pregunta qué es lo que más extraño de México, respondo sin dudarlo que la comida y a algunas personas (mi familia inmediata y un puñado de amigos entrañables). Pero no es del todo cierto.

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