Como me sucede a menudo, llegué tarde a ella. Me enteré de su existencia al siguiente día de su muerte, cuando todos los diarios polacos hablaban de la hija adoptiva de Cracovia, la gran poeta Wisława Szymborska.
Yo cada día pienso menos en ella, tú ya no miras de reojo cuando en la calle crees reconocerlo a él.
También era verano, y mis hermanas y mi sobrino habían venido a Europa y querían conocer el campo –bueno, en realidad mi sobrino quería solo conocer estadios de futbol: el del Estrella Roja de Belgrado o el del Dínamo de Zagreb, pero tuvo que ceder-.
Pensándolo bien, los finales siempre me han arruinado las mejores historias, así que puede ser mejor que algunas no lo tengan.
Es curioso, hace tres semanas, en Navidad, a cero grados y sin un solo copo de nieve, tampoco estábamos contentos. Qué clase de Navidad es esta sin nieve, ya no es lo mismo que hace diez años, estos ya no son inviernos como los de antes, todavía no se puede esquiar porque no hay suficiente nieve. Qué decepción de invierno.
Qué triste es ver últimamente a Europa, con sus vueltas a la derecha más radical, a los nacionalismos, empeñada en negar o ignorar todo lo que esté más allá de sus fronteras, sumida, entre otras cosas, en esta gran mentira, que casi todos se creen a ciegas, como niños.
No seas ingenuo, Alejandro, el agua no se está acabando ni se va a acabar: se les va a acabar a ustedes, al Tercer Mundo, pero a Europa no le va a faltar agua nunca, porque si aquí escasea la vamos a importar, se la vamos a quitar a alguien, o bueno, vamos a pagar un poco más por que se la quiten a otros.
Si hoy te buscara -como quizá debí hacerlo hace 10 años-, y tú no tuvieras ningún él, y yo no tuviera ninguna ella?