La primera vez que visité el campo de concentración de Auschwitz me prometí no volver nunca. Eran mis primeros meses viviendo en Cracovia (2011), y al estar la ciudad tan cerca de Oświęcim –nombre del pueblo polaco en el que está el campo- sabía que tendría que ir algún día. Sabía que sería una experiencia fuerte, deprimente, y como era un verano espléndido, un domingo me levanté temprano y me fui solo Auschwitz. Al buen tiempo, mala cara.

Visitar el mayor campo de exterminio nazi en verano, con casi 30 grados, es mucho más… soportable. Hordas de turistas de todo el mundo se aglutinan desde la entrada, y allá fui yo, uno más entre el grupo de más de 50 personas, escuchando por los audífonos las explicaciones del guía, pasando de una habitación a otra, mirando fotografías, estadísticas, vitrinas con miles de objetos recuperados tras la liberación del campo en 1945.

Aun rodeado de turistas que se hacen fotos, comentan, trotan queriendo alcanzar a su grupo o te obligan a avanzar y a dedicar poco tiempo a ciertas cosas, fue una experiencia demoledora, y me prometí no volver. Una vez es suficiente.

La segunda vez que fui, dos años después, me prometí no andar prometiendo cosas a lo pendejo. También era verano, y mis hermanas y mi sobrino habían venido a Europa y querían conocer el campo –bueno, en realidad mi sobrino quería solo conocer estadios de futbol: el del Estrella Roja de Belgrado o el del Dínamo de Zagreb, pero tuvo que ceder-. Quise aprovechar que mi hermana Carmen es una apasionada historiadora y podría explicarme algunas cosas que la primera vez podía haber ignorado, así que allá fuimos los cuatro, entre las mismas hordas de turistas. Y fue igualmente demoledor. Me prometí aprender a cumplir mis promesas.

Hoy es diferente, y ya no me prometo nada. Martha finalmente se animó a escaparse unos días de París y visitarme en Cracovia, y aunque al principio pensé en dejarla ir sola, después me di cuenta de que en realidad esta sería la visita que hubiera querido hacer las dos veces anteriores.

Es invierno, y no están los bárbaros turistas aglutinándose a la entrada. Estamos a 12 grados bajo cero y no hay un solo toque de verde en todo el campo. Auschwitz es blanco y silencioso. Apenas pasar por la entrada del campo y leer en lo alto Arbeit Macht Frei (El trabajo te hará libre, o eso les decían a los prisioneros al llegar: que venía a trabajar), sé que esta vez es diferente. Venir en verano es casi ofensivo. Esta vez no vamos con un grupo enorme de turistas arreados por un guía, vamos solos, a nuestro ritmo.

Después de media hora estamos tiritando, el frío cala a pesar de las capas de ropa que llevamos, los dedos de los pies se entumen, pero ni Martha ni yo decimos nada; sabemos que este frío que sentimos no se compara al que la gente que estuvo aquí sintió. Sería muy cínico quejarse. Entramos al bloque 5 y yo sé lo que hay ahí; Martha no. Veo de reojo su expresión sombría. Una montaña de zapatos, miles y miles de zapatos, de mujer, de niño, rotos, sin suela. Hay una o dos personas más en toda la sala. Silencio.

En otra sala se observan los uniformes a rayas de los prisioneros; en otra, cientos de maletas con nombres, maletas que a los prisioneros les prometían devolverles cuando salieran del campo; en otra sala, el cabello. Una montaña de cabello humano de un millón de personas que fueron exterminadas durante los 5 años de operación del campo.

Pasamos al bloque 11, el bloque de detención y ejecución pública. Cubículos de un metro cuadrado donde algunos pasaban días, en completa oscuridad, antes de ser ejecutados en el patio, en el conocido muro negro de Auschwitz.

Entramos a la cámara de gas. En las paredes aún se distinguen marcas de uñas. No hay un solo turista más, solo Martha y yo. No sé si son 2 o 10 minutos los que pasamos ahí, en silencio.

En el segundo recinto del campo, Auschwitz-Birkenau, están las enormes barracas en las que dormían hacinados cientos de prisioneros; las letrinas en las que algunos se escondían durante días para evitar una muerte segura; los vagones de tren en los que llegaban miles, aún sin saber que esto no era un campo de trabajo.

Antes de volver a Cracovia comemos algo en el pequeño restaurante que hay al lado de la entrada, donde el ambiente es muy distinto; hay decenas de turistas hablando de sus cosas, revisando en sus teléfonos las fotos que han hecho, hay ruido, y meseros que recogen platos y cocineros que salen a ratitos a mirar algo en la televisión que está arriba de la caja registradora. Este es el peor momento de todo el recorrido, y toda la tarde le sigo dando vueltas, y al volver a casa por la noche Martha y yo tenemos una larguísima conversación sobre qué tan ético es que haya un restaurante en Auschwitz. ¿Es ético, es válido, es irrespetuoso, es normal que después del recorrido por el más atroz lugar del holocausto uno pueda mirar un menú, elegir, pedir, pagar y sentarse a comer una sopa caliente justo a unos metros de un lugar donde un millón de personas se moría de hambre y de frío? ¿Hay que sentirse afortunado por poder ir a Auschwitz de turista y salir y calentarse un poco con un cappuccino? ¿Hay que dar gracias a Dios por los alimentos mientras por la ventana del restaurante se observa un muro del bloque 5? ¿Hay que sentirse mal? ¿Culpable? ¿Dichoso?

Nos da la madrugada mientras hablamos de ello. Un suspiro resignado, una mueca-sonrisa pone fin a la conversación.

Al final me doy cuenta de que no tengo nada que decir sobre un lugar como Auschwitz.

En Auschwitz –como dice León Felipe- rompo mi violín.

Y me callo.

 

Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud…
que hablen más bajo…
que toquen más bajo…
¡Que se callen!…
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante tocaba muy bien el violín…
¡Oh, el gran virtuoso!…
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres…
Y solo.
¡Solo!
aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante… tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, “gran cicerone”)
y aquello vuestro de la “Divina Comedia”
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa… otra cosa…
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
… no tienes imaginación,
Acuérdate que en tu “Infierno”
no hay un niño siquiera…
Y ese que ves ahí…
está solo
¡Solo! sin cicerone
esperando que se abran las puertas de un infierno
que tú; ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa… ¿cómo te diré?
¡Mira! Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud…
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!… ¡Chist!…
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista
y he tocado en el infierno muchas veces…
Pero ahora, aquí…
Rompo mi violín… y me callo.

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