Vi en Facebook la fotografía de su hija recién nacida. Ahí estaban, aún en el hospital, mi amigo –llamémosle  P-, su esposa, y su hija de apenas unas horas entre sus brazos. Muchísimos comentarios y muchísimos me gusta. Más que ver a la bebé, contemplé un buen rato el rostro de mi amigo; a pesar de las ojeras y el cansancio que reflejaba, tenía una sonrisa discreta pero sincera.  No es una mueca exagerada,  no entorna los ojos ni ríe falsa u ostentosamente. Es una sonrisa pura, tranquila. Y es de esperarse, supongo; mi amigo es probablemente más feliz que nunca, y basta ver su rostro en esa foto para saberlo. Y me quedé varios minutos mirando la imagen… No le di me gusta –no porque no me gustara-, ni escribí un comentario –no porque no quisiera-. Solo miraba el rostro de felicidad de mi amigo.
Y entonces pensé en esas ridículas fotos que abundan en Facebook y que llevan algún breve texto que hace referencia a los amigos. Ya saben, eso de que “No importa con quién o dónde estés, un amigo siempre está contigo” (y para ilustrar semejante revelación, dos gatitos en un árbol), o “Un amigo es aquel que se queda cuando todos los demás se han ido”.
Todo hubiera terminado ahí, pero irónicamente, minutos después encontré una fotito en blanco y negro, con las manos extendidas de dos niños, casi tocándose, y la leyenda “Un amigo es aquel que aunque no esté presente, tú sabes que está ahí”. Y cuando leí aquello arqueé un poco las cejas y pensé:
-Claro. A todísima madre. Mis amigos no están, pero no importa, yo sé que están ahí.
 
¿Ahí?
 
Ah, chingá, ¿ahí dónde?
 
 
A mí me importa una absoluta mierda saber que mis amigos están “ahí”. Eso no me sirve. Yo quiero a mis amigos aquí, cerca, conmigo, pero no es posible; pues bien, prefiero entonces pensar que mis amigos están “suspendidos”, en stand by, cerrados por remodelación. En coma de amistad. Vegetando.
No es así de simple, claro (lo sabrán quienes tengan un buen amigo lejos). La verdad es que me revienta, pues hay por ahí cuatro o cinco amigos a los que quisiera empacar y traer conmigo a donde quiera que voy; arrancárselos a sus padres o a sus esposas. Es ese puñado de amigos el que me duele, porque no han estado cuando los he necesitado, así como yo no he estado ahí para algunos de ellos. Y no puedo evitar preguntarme últimamente, sobre todo después de ver a mi amigo con su hija en brazos: ¿aún somos amigos, P y yo? ¿De verdad somos amigos? ¿Seguiremos siéndolo aunque pasen otros cinco o quince años sin vernos, sin reírnos cara a cara como tantas veces lo hicimos?
A esos que se me quedaron, o que se me fueron, ¿puedo seguir llamándolos amigos? Vaya patraña eso de que los amigos siempre están cuando los necesitas. A veces no están, simplemente. No pueden estar. No son superhéroes, son personas que se casan, se mudan a otra ciudad, tienen hijos y prioridades, y no siempre pueden estar. Y no dudo de su amistad, pero es evidente que no somos los mismos amigos que fuimos; si bien la mistad no se ha roto ni acabado, es normal que se vaya diluyendo, que la distancia la empolve, que se vaya tristemente afacebookando.
Y eso duele. Duele en lo más hondo ver de pronto la foto de un buen amigo y darte cuenta que te has perdido los últimos años de su vida; que te perdiste su boda, el nacimiento de su hija y tantas otras alegrías; que los dos nos fuimos a países remotos y que quizá no nos volvamos a ver. Y con todo eso, ¿aún somos amigos?
Pocas veces las amistades se rompen, pero a menudo se interrumpen, y nos acostumbramos. No nos queda otra; nos queda, en cambio, el ocaso de esas amistades –como dice el buen Ramón III-, el derrumbe de aquella idea pueril de que tus amigos no se irían nunca… Nunca, hasta que un día se fueron.
Hasta que un día nos fuimos.
Y un amigo así no sirve. Un amigo así duele.
Y no he sabido qué decirle, ni cómo, salvo esta torpe forma de hacerle saber que me alegro mucho al verlo tan feliz con su esposa y su hija.
Que lo quiero. Que lo extraño.