El libro que Ochoa me compró es uno de los mejores regalos que alguien me ha comprado. No sólo por el libro en sí, sino por el lugar donde lo compró y por todas las peripecias que tuvo que pasar para traérmelo hasta Polonia.
A pesar de todo eso, Buenos Aires siempre estuvo lejos, hasta que en Cracovia conocí a Mariana (porteña y bostera de corazón), y sus pláticas me fueron despertando de nuevo las ganas de viajar a La ciudad de la furia. Vení, mexi, es relindo, me decía antes de volver a Argentina.
Tbilisi resulta más bien triste. Deprimente. Pero yo soy un chilango, y soy más de ciudades, y por muy fea o aburrida que me digan que es una capital, siempre quiero visitarla y comprobarlo.
Me bajé del autobús mucho antes de donde debía, y en cuanto este se perdió en el horizonte supe que la había cagado. Me encontraba de pronto en medio de una carretera rural, sin nada vivo a la vista, en algún rincón olvidado de Letonia.