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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

Siempre Estefanía

He cambiado de casa no sé cuántas veces, y sólo hay dos cosas que me llevo siempre a donde voy: un cuadro –aunque es más bien un póster plastificado- de Beatriz Aurora y algún fragmento de Palinuro de México. Es un libro de esos. De los que no se sale, ni se quiere salir. Aunque yo esté en Cracovia, y mi libro en Buenos Aires y Estefanía en la plaza de Santo Domingo del DF.

Cada día es un regalo

Ha sido un mes particularmente deprimente. Es la cuarta o quinta vez que comienzo a escribir este texto. Siento por momentos que las manos y el pecho y la garganta me laten de odio. Mentira. Debe de ser la sexta o séptima vez que empiezo este texto durante los últimos días. Y nada. Me quedo en blanco a los dos párrafos, lo borro todo, empiezo de nuevo, vuelvo a borrarlo. Y ese odio del pecho se vuelve desolación, y acabo cerrando mi lap top y yéndome a la cama.

El balcón vacío de Grażyna

Los golpes en la puerta me despertaron a las 2 de la madrugada. Esperé unos segundos para estar seguro de que había oído bien. Sí, alguien estaba golpeando mi puerta. Me levanté y caminé despacio, pensando que quienquiera que fuese, había podido abrir la puerta del edificio y había subido hasta el último piso… ¿para qué? Mire por la pequeña rendija de la puerta y vi la del departamento de mis vecinas, justo enfrente, abierta y con la luz encendida. Escuché voces de mujer. Más bien gritos, y abrí la puerta.

Postales mexicanas II: ¡Viva México!

Y ahí están, ahí siguen y van a seguir sucediendo todos los días mientras haya México y mexicanos. Son historias que en cualquier país civilizado asustarían, pero que en México son nuestro pan de cada día; peor aún, son historias que nos negamos a ver, y que negamos y escondemos ante el extranjero –y a menudo ante otros mexicanos-. ¿Qué van a pensar las visitas si ven este mugrero?

El Enano y el Bola

Ahí estaba yo a los diez años. Viernes a las 2 de la tarde, aún con mi horrible uniforme verde puesto y mi enorme mochila en la espalda, entrando con cierto temor en aquel antro maloliente y oscuro donde los chicos mayores se disputaban con destreza el título de amo y señor del videojuego más sangriento que se hubiera visto en los años noventa: Mortal Kombat II.

Aquí todo es chili

Es ridículo, lo sé, pero fue hasta hace 4 años, cuando me vine a vivir a Polonia, cuando empecé a comer picante. Es muy triste, es vergonzoso; como para que mi padre me desherede. Él, mi padre, que siempre le reclamaba a mi madre por no hacer la comida más picante. Ella, mi madre, que a escondidas hacía dos cazuelas del mismo guisado, una para mi padre y una para mis hermanas y para mí, que llorábamos de enchilados si probábamos lo que comía don Alejandro.

Cinco dólares dolorosos

Vuelvo a encontrarme con Travis y Becky en Minneapolis después de 7 años. Trabajamos juntos en un bar durante unos meses y nos hicimos muy buenos amigos; ahora Becky trabaja en un salón de belleza en Saint Paul; ella es pequeñita, delgada, de ojos grandes y nunca la he visto dos veces con el mismo corte o color de pelo. Travis es un gringo grande, un gringo XL, muy rubio y de barba hasta la mitad del cuello, y siempre está haciendo chistes sobre mexicanos, negros, chinos, pero principalmente sobre blancos.

El país de las cosas XL

Todo es enorme en este país: las montañas, los desiertos, las autopistas, los puentes, las cajas de Corn Flakes, los helados, los pasillos de los supermercados, las rebanadas de tocino. Parques nacionales del tamaño de Puerto Rico, lagos más grandes que Eslovaquia o Suiza. Solo en el Gran Cañón del Colorado cabrían 8 países de Europa; hay librerías más grandes que Mónaco, hamburguesas del tamaño de pizzas. Hay incluso tiendas de ropa donde la talla más pequeña es XL.

El país de las consonantes impronunciables

Durante los últimos 4 años he vivido rodeado de sílabas imposibles, de inviernos largos que alcanzan los 25 grados bajo cero y que cubren la ciudad de una blancura increíble, de comida triste y con muy poco sabor, de mujeres guapísimas, de una liga de futbol para llorar (incluso peor que la mexicana), de gente con semblante serio y esporádicas sonrisas, de meseros malhumorados y del mejor vodka del mundo. Así, a grandes rasgos, ha sido mi experiencia en Polonia, el país de las consonantes impronunciables.

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