El libro que Ochoa me compró es uno de los mejores regalos que alguien me ha comprado. No sólo por el libro en sí, sino por el lugar donde lo compró y por todas las peripecias que tuvo que pasar para traérmelo hasta Polonia.
Y el problema no era que hablara de Sabines, sino que lo ensalzara hasta el hartazgo, sin darnos nunca un poema suyo para que lo conociéramos, o por lo menos alguna recomendación para acercarnos a su poesía. Durante más de ocho meses escuché hablar de la grandeza de Sabines, de la belleza invaluable, inimitable, inconmensurable de sus versos; Sabines el magnífico, Sabines el extraordinario ser humano, Sabines renovador de la poesía, Sabines el mejor poeta que han visto los siglos pasados y habrán de ver los venideros, Sabines hijo de Zeus, Sabines sentado a la derecha del Padre, Sabines reencarnación de Buda, Sabines más allá del Bien y del Mal, Sabines el inefable, el irrepetible, El Gran Sabines… sí, mi profesora tenía un problema con Jaime Sabines.
Nunca he vuelto a sentir esas ganas de matar a alguien. Fueron dos, quizá tres segundos, y estuve a punto de hacerlo, o por lo menos de intentarlo. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…
Todo lo que tanto nos dolió, toda nuestra rabia virtual, nuestro apoyo en 140 caracteres, nuestras firmas electrónicas, todo aquello que juramos no olvidar, empieza a olvidársenos.
La muerte debería ser voluntaria, cada quien debería elegir el lugar y el momento preciso para abandonar este mundo.
La sobrina de P tenía diez años, desaparecida, o mejor dicho secuestrada en una pequeña ciudad cerca de la frontera con Estados Unidos. Su cuerpo fue encontrado ocho días después. Le habían extraído un riñón y se encontraron restos de látex y de cocaína en su sistema digestivo y en otras cavidades.
¿Y qué tal México? Me preguntan a menudo estos días. Bien, respondo hipócrita, tragándome la rabia y la tristeza, tratando de no escupir por los ojos el horror cotidiano
Estas diez postales no son ni las más violentas, ni las más inverosímiles, ni las más devastadoras; son historias que acompañan el desayuno de los mexicanos todos los días.
López tenía simplemente una especie de ligero retraso mental; lo revelaban sus facciones: su frente demasiado ancha, la forma de su boca, su estatura, la blancura de su piel, su manera de caminar. Parecía frágil. Y nosotros teníamos 12 años y éramos crueles como solo se puede ser a esa edad.