Estas diez postales no son ni las más violentas, ni las más inverosímiles, ni las más devastadoras; son historias que acompañan el desayuno de los mexicanos todos los días.
López tenía simplemente una especie de ligero retraso mental; lo revelaban sus facciones: su frente demasiado ancha, la forma de su boca, su estatura, la blancura de su piel, su manera de caminar. Parecía frágil. Y nosotros teníamos 12 años y éramos crueles como solo se puede ser a esa edad.
Al siguiente día de haber llegado a Chilangolandia, mi carnal El Gordo –con quien he comido cientos y cientos de tacos desde hace 20 años- pasó por mí y me llevó a uno de esos clásicos puestos callejeros de lámina blanca a comer tacos de suadero. Los típicos de muerte lenta.
A pesar de todo eso, Buenos Aires siempre estuvo lejos, hasta que en Cracovia conocí a Mariana (porteña y bostera de corazón), y sus pláticas me fueron despertando de nuevo las ganas de viajar a La ciudad de la furia. Vení, mexi, es relindo, me decía antes de volver a Argentina.
A mí me importa una absoluta mierda saber que mis amigos están “ahí”. Eso no me sirve. Yo quiero a mis amigos aquí, cerca, conmigo, pero no es posible; pues bien, prefiero entonces pensar que mis amigos están “suspendidos”, en stand by, cerrados por remodelación. En coma de amistad. Vegetando.
Me gusta pensar que esto no es exclusivo, que todos tenemos de vez en cuando estos días. Días inexplicablemente grises; días en que despierto cenicero lleno, y camino como queriendo no llegar ni quedarme; días de desgana, silenciosos, inexpresivos. Días bostezables, rompibles, hediondos a deseos de fuga.
Cuando alguien me pregunta qué es lo que más extraño de México, respondo sin dudarlo que la comida y a algunas personas (mi familia inmediata y un puñado de amigos entrañables). Pero no es del todo cierto.
Uno se muere y se muere bien, y ahí se acaba todo; se acaba la lluvia y los desayunos, la soledad y los días festivos; se acaban las guerras, el insomnio, el vino, las deudas; se acaba también la esperanza y el color azul, los perros, la música y todas las ciudades en las que nunca estuviste, se acaban los amigos, la risa y las enfermedades. Se acaba para siempre el miedo, las resacas y las malas noticias. Se acaba tu casa, el planeta, todo el universo. Cada muerte es el fin del mundo.
La historia de América Latina ha estado plagada de hijos de puta como Somoza. A veces pienso que la Historia en general se reduce a unos cuantos hijos de puta jodiendo –o jodiéndonos- a otros tantos ligeramente menos hijos de puta, mientras unos pocos, que para nada son hijos de puta, tratan de hacer lo que se pueda por que esto sea un lugar mejor.