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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

El autoestopista inexperto

Me bajé del autobús mucho antes de donde debía, y en cuanto este se perdió en el horizonte supe que la había cagado. Me encontraba de pronto en medio de una carretera rural, sin nada vivo a la vista, en algún rincón olvidado de Letonia.

Más larga que un cuento de Monterroso

En general las direcciones funcionan así. Calle, número, ciudad –estado o región, a veces-, país y código postal. Cinco o seis datos, nada más. No es necesario agregar otra cosa, pero en México complicamos las cosas, y no sé si lo hacemos porque somos idiotas, ignorantes, inocentes, o simplemente porque nos gusta joder al otro, o sea, por cabrones.

En el estómago de Eva

De todas las bendiciones que me ha dado el Señor, la que más le agradezco es mi resistente sistema digestivo. Amo mi estómago, mis intestinos y mi colon. Puedo comer cualquier porquería, cualquier insalubre alimento, y ahí está mi estómago, haciendo lo suyo. No se inmuta, todo lo recibe, y todo lo digiere. Y así voy por la vida; comiendo deliciosas cochinadas. Gracias, Señor, por este estómago de neandertal.

La miserable torre del pintor enamorado

He llorado con varios libros, me he reído también con muchos; tengo algunos favoritos, y a veces me siento muy contento de haberme topado con ciertas novelas o autores magníficos (siempre gracias a un amigo o a otro libro, nunca por mí mismo). Pero hay cuatro libros que me han cambiado la vida. Y los cuatro me la han cambiado para mal.

El ladrón de bicicletas

Da lo mismo 38 que 48 grados, eso es, simple y llanamente, un pinche calor de la chingada. Y lo mismo pasa del lado opuesto con el frío, algo que aquí en Polonia es constante. A veces hace frío, mucho frío, frío con sol, o hasta frío rico, pero por ahí de los 15 grados bajo cero, ya no importa. Lo mismo da -15 que -25. Eso es, simplemente, un chingo de frío.

Mujer-Legión

Pienso y sonrío porque creo que estarás por ahí, con un café y un libro en las manos, o no con un café, y no con un libro en las manos… Quizá con frío, quizá con alguien, quizá con tedio, como el mío.

Yo hablaba en serio

Cinematográficamente, soy un “cachorro del imperio”: de niño quería ser como Mad Max, y últimamente como Denzel Washington en The book of Eli, o como Viggo Mortensen en The road. Un mundo devastado, casi deshabitado, gris, y algunos humanos desperdigados por ahí, buscándose, o huyéndose. Son años de educación hollywoodense; decenas de películas post-apocalípticas que han alimentado esa idea. No sé, sencillamente me parece interesante. Una parte de mí fantasea con ese escenario.

La república imposible

Solo se piden cuatro requisitos para entrar al país: sonreír, conducir despacio, tratar de fomentar el arte en cualquiera de sus formas y no tirar cosas al río. De risa, ¿verdad? Sonreír. Así se obtiene la visa para este país imposible

La chica que me arruinó los otoños

Hoy, cinco años después de tu muerte, me doy cuenta que ya no recuerdo la ropa que llevabas aquel último día que nos vimos; todos esos detalles que podía reconstruir de memoria son ahora borrosos. El camino desde mi casa de entonces hasta tu casa de entonces se me ha olvidado por completo. Tu voz también está desapareciendo; me cuesta mucho recordar el tono que tenía, o los detalles de tus manos.

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