Buscar

Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

Categoría

Personal

Ruidos que no sé

Uno se muere y se muere bien, y ahí se acaba todo; se acaba la lluvia y los desayunos, la soledad y los días festivos; se acaban las guerras, el insomnio, el vino, las deudas; se acaba también la esperanza y el color azul, los perros, la música y todas las ciudades en las que nunca estuviste, se acaban los amigos, la risa y las enfermedades. Se acaba para siempre el miedo, las resacas y las malas noticias. Se acaba tu casa, el planeta, todo el universo. Cada muerte es el fin del mundo.

Cargada de futuro. Cargada de nada.

La historia de América Latina ha estado plagada de hijos de puta como Somoza. A veces pienso que la Historia en general se reduce a unos cuantos hijos de puta jodiendo –o jodiéndonos- a otros tantos ligeramente menos hijos de puta, mientras unos pocos, que para nada son hijos de puta, tratan de hacer lo que se pueda por que esto sea un lugar mejor.

Los más bellos de la Unión Europea

La expresión se la escuché por primera vez a Bárbara, mi profesora de Literatura de la universidad. Orgasmos literarios. Debo reconocer que al principio dicha expresión me pareció exagerada. Risible. Quizá porque en aquel momento yo aún no había tenido ninguna experiencia literaria de ese calibre.

Más larga que un cuento de Monterroso

En general las direcciones funcionan así. Calle, número, ciudad –estado o región, a veces-, país y código postal. Cinco o seis datos, nada más. No es necesario agregar otra cosa, pero en México complicamos las cosas, y no sé si lo hacemos porque somos idiotas, ignorantes, inocentes, o simplemente porque nos gusta joder al otro, o sea, por cabrones.

La miserable torre del pintor enamorado

He llorado con varios libros, me he reído también con muchos; tengo algunos favoritos, y a veces me siento muy contento de haberme topado con ciertas novelas o autores magníficos (siempre gracias a un amigo o a otro libro, nunca por mí mismo). Pero hay cuatro libros que me han cambiado la vida. Y los cuatro me la han cambiado para mal.

Yo hablaba en serio

Cinematográficamente, soy un “cachorro del imperio”: de niño quería ser como Mad Max, y últimamente como Denzel Washington en The book of Eli, o como Viggo Mortensen en The road. Un mundo devastado, casi deshabitado, gris, y algunos humanos desperdigados por ahí, buscándose, o huyéndose. Son años de educación hollywoodense; decenas de películas post-apocalípticas que han alimentado esa idea. No sé, sencillamente me parece interesante. Una parte de mí fantasea con ese escenario.

La república imposible

Solo se piden cuatro requisitos para entrar al país: sonreír, conducir despacio, tratar de fomentar el arte en cualquiera de sus formas y no tirar cosas al río. De risa, ¿verdad? Sonreír. Así se obtiene la visa para este país imposible

Quédate otros treinta años

Es definitivo. Te me vas. Lo confirmo más cada día, cuando en mi almohada aparecen otros treinta o cuarenta cadáveres de lo que alguna vez fue una abundante cabellera; lo confirmo en la coladera del baño, en el piso, en el lavabo. Lo nuestro ya no lo arregla ni Dios.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑