El libro que Ochoa me compró es uno de los mejores regalos que alguien me ha comprado. No sólo por el libro en sí, sino por el lugar donde lo compró y por todas las peripecias que tuvo que pasar para traérmelo hasta Polonia.
Nunca he vuelto a sentir esas ganas de matar a alguien. Fueron dos, quizá tres segundos, y estuve a punto de hacerlo, o por lo menos de intentarlo. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…
Cuando alguien me pregunta qué es lo que más extraño de México, respondo sin dudarlo que la comida y a algunas personas (mi familia inmediata y un puñado de amigos entrañables). Pero no es del todo cierto.
Da lo mismo 38 que 48 grados, eso es, simple y llanamente, un pinche calor de la chingada. Y lo mismo pasa del lado opuesto con el frío, algo que aquí en Polonia es constante. A veces hace frío, mucho frío, frío con sol, o hasta frío rico, pero por ahí de los 15 grados bajo cero, ya no importa. Lo mismo da -15 que -25. Eso es, simplemente, un chingo de frío.
Una y otra vez, con infinita paciencia, me corrige la pronunciación de los dígrafos dz, sz, ść, y yo los vuelvo a pronunciar mal; me repite por enésima vez la terminación się de los verbos reflexivos. No desespera. Pone su mano sobre la mía, apenas un segundo, un roce, y sonríe y me dice que sí, que el polaco es muy difícil, pero que no lo hago tan mal (qué bello eufemismo el suyo para decirme que hay otros más ineptos).
Supe entonces que lo del alcoholímetro iba en serio. Supe que tenía que comprarle luces a la bici de inmediato. El problema es que siempre me acuerdo en las noches y las tiendas ya están cerradas, así que estas dos semanas, cuando salgo del trabajo y recuerdo nuevamente que no traigo luces, tengo que caminar con la bici hasta mi casa, con un frío que te cagas.