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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

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polonia

Primera parte: Cracovia para católicos

-A ver, tío –me dijo muy serio cuando le expliqué la situación-, ¿que tu novia organiza estas cosas de speed dating y le faltan hombres? ¿Y quiere que vayamos así como así, para usarnos como un miserable trozo de carne y echarnos a las fauces de 20 leonas? -Pues sí, más o menos. ¿Vienes o no? -Joder, tío, qué pregunta. Dame la dirección. Y así empezó toda la aventura de los speed dating que terminó en Amarna Miller...

Esa gente del Caribe

Que un mexicano y un chino lleguen a un acuerdo comunicándose por teléfono, y hablándose en polaco, no es cosa fácil. Tomé el teléfono de la escuela, pues en el restaurante ya conocen el número y no hay que repetir la dirección, y justo cuando ordenaba mi sopa china y mi plato chino y mi bebida china, mi teléfono empezó a sonar. Número desconocido...

Ludwika en Cracovia

No hay un solo mexicano de treinta y tantos años que no sepa quién es Ludwika; no hay un solo mexicano que no sonría al escuchar ese nombre que todos conocimos en 1989. Ni siquiera hacen falta apellidos. Todos sabemos quién es Ludwika; todos sabemos quién es, o quién fue, o quién era - porque con ella cualquier pretérito es correcto- María Joaquina.

Noticias tardías: Esos niños no son católicos

-¿Ustedes son católicos?- nos preguntó muy sonriente la mujer de la ONG mientras escribía algo en una carpeta. -Por supuesto, con todos los sacramentos en regla- le respondí. -Muy bien. Y… esa familia a la que quieren recibir en su casa, es una familia católica, ¿cierto? -No, verá, no conocemos a ninguna familia siria, simplemente queremos hacerles saber que estamos dispuestos a recibir a una o dos personas en nuestras casas. -Ah… ya veo… pues, verán, nuestra fundación ayuda únicamente a familias sirias católicas...

Daga y una campana

Daga. Cómo no querer pronunciar un nombre así. Cómo no querer develar el misterio de alguien que se presenta diciendo: soy Daga. Cómo no confundirse, cómo no quedar atrapado. Cómo no resultar herido por una mujer que se llama Daga. Con Daga todo fue un misterioso juego desde el principio; desde su nombre hasta su vientre y desde sus dedos hasta su historia. Y más misterio aún fue su lengua.

Una final a 10 mil kilómetros

Hoy, por primera vez en mi vida, mi equipo juega una final de liga en su estadio y yo la veré por televisión, en un agujero frío a 10 mil kilómetros. Y eso es muy, muy jodido.

El balcón vacío de Grażyna

Los golpes en la puerta me despertaron a las 2 de la madrugada. Esperé unos segundos para estar seguro de que había oído bien. Sí, alguien estaba golpeando mi puerta. Me levanté y caminé despacio, pensando que quienquiera que fuese, había podido abrir la puerta del edificio y había subido hasta el último piso… ¿para qué? Mire por la pequeña rendija de la puerta y vi la del departamento de mis vecinas, justo enfrente, abierta y con la luz encendida. Escuché voces de mujer. Más bien gritos, y abrí la puerta.

Aquí todo es chili

Es ridículo, lo sé, pero fue hasta hace 4 años, cuando me vine a vivir a Polonia, cuando empecé a comer picante. Es muy triste, es vergonzoso; como para que mi padre me desherede. Él, mi padre, que siempre le reclamaba a mi madre por no hacer la comida más picante. Ella, mi madre, que a escondidas hacía dos cazuelas del mismo guisado, una para mi padre y una para mis hermanas y para mí, que llorábamos de enchilados si probábamos lo que comía don Alejandro.

El país de las consonantes impronunciables

Durante los últimos 4 años he vivido rodeado de sílabas imposibles, de inviernos largos que alcanzan los 25 grados bajo cero y que cubren la ciudad de una blancura increíble, de comida triste y con muy poco sabor, de mujeres guapísimas, de una liga de futbol para llorar (incluso peor que la mexicana), de gente con semblante serio y esporádicas sonrisas, de meseros malhumorados y del mejor vodka del mundo. Así, a grandes rasgos, ha sido mi experiencia en Polonia, el país de las consonantes impronunciables.

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