Empecé a odiar a Jaime Sabines mucho antes de leer su poesía, y cuando aún estaba vivo. Era 1998, yo tenía 17 años, no había leído un solo libro por placer, y todos los días tenía clase de Lengua y Literatura a las 7 de la mañana. Y empecé a odiar a Sabines incluso antes de leerlo.
Mi profesora de Lengua y Literatura era una mujer muy alta, muy grande en general, rondaría los 70 años, y aunque el programa del curso no contemplaba el estudio de poetas contemporáneos sino hasta la recta final del año escolar, no había un solo día en que ella no hablara de Jaime Sabines.
Y el problema no era que hablara de Sabines, sino que lo ensalzara hasta el hartazgo, sin darnos nunca un poema suyo para que lo conociéramos, o por lo menos alguna recomendación para acercarnos a su poesía. Durante más de ocho meses escuché hablar de la grandeza de Sabines, de la belleza invaluable, inimitable, inconmensurable de sus versos; Sabines el magnífico, Sabines el extraordinario ser humano, Sabines renovador de la poesía, Sabines el mejor poeta que han visto los siglos pasados y habrán de ver los venideros, Sabines hijo de Zeus, Sabines sentado a la derecha del Padre, Sabines reencarnación de Buda, Sabines más allá del Bien y del Mal, Sabines el inefable, el irrepetible, El Gran Sabines… sí, mi profesora tenía un problema con Jaime Sabines.
Así que yo lo odié con todo mi ser, me prometí no leerlo jamás. Me harté de ese poeta chiapaneco. Y entonces, la madrugada del 19 de marzo de 1999, Jaime Sabines murió en su casa en la ciudad de México. Sobra decir que cuando llegué a clase de Lengua y Literatura, a las 7 de la mañana, ninguno de mis compañeros sabíamos de la muerte del poeta. Mi profesora llegó 10 minutos tarde –por primera vez en todo el curso-, y estaba… devastada. Se sentó en su escritorio, con el rostro desencajado, la mirada ausente, como si no reconociera nuestros rostros o el lugar en el que estaba. Pensamos que la habían echado de la escuela, o que le acababan de diagnosticar cáncer terminal. Nadie habló.
¿Saben qué pasó esta madrugada?, preguntó con la voz entrecortada. Nos miramos, pero nadie habló. Se nos fue, dijo sin poder contener el llanto. ¡Se nos fue Sabines!
¡Por fin se murió ese cabrón!, dije para mis adentros. Y salimos todos en silencio y la dejamos llorando ahí.
Después vino una huelga, terminé el bachillerato, comencé la carrera de Física, la dejé, y sobreviví sin leer nunca un verso de Sabines, hasta que un día escuché a alguien leer en voz alta Luego vuelvo a quererte, y no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre, o sueño.
Y comencé a leer su poesía, de a poco, con cierta culpa. Lo fui descubriendo. No, no crean que se volvió mi poeta favorito, lo leí poco, y lo dejé. Un par de años después conseguí trabajo como profesor en Tuxtla Gutiérrez, la ciudad donde Sabines nació. Ahí lo leí un poco más; en el café Los Amorosos, en Sancris, en Comitán, pero tampoco entonces se volvió mi poeta favorito. Me fui de Tuxtla, de Chiapas, dejé de leerlo. Y no pasó nada.
 
 
El diablo y yo nos entendemos como dos viejos amigos. A veces se hace mi sombra, va a todas partes conmigo. Cuando estoy en la ventana me dice ¡brinca! detrás del oído. Anda como un maldito, como un loco, adivinando cosas que no me digo.
Me viene pasando desde hace ya unos meses; me encuentro de pronto, a media calle, recitando bajito algunos versos de Sabines. Son sólo fragmentos, pues no recuerdo completo ninguno de sus poemas. Me detengo en algún cruce esperando la luz verde, y murmuro ¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Poner lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
No he vuelto a leer a Sabines desde hace unos años, y sin embargo ahí voy, bajando las escaleras por la mañana, escupiendo los primeros versos de Canonicemos a las putas, o el final de Miss X.
Me gustaría preguntarle a mi amigo psicoanalista por qué de pronto me vienen versos de Sabines a medio bocado, ¿en qué rincón del inconsciente se esconden los poetas chiapanecos que un día odiamos?, y ¿qué putas puedo hacer si no soy santo, ni héroe, ni bandido, ni adorador del arte, ni boticario, ni rebelde? ¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
Será tal vez el frío de Cracovia, aún en estos días de abril. El frío me ha hecho místico y alegre. El frío es bueno para tomar café, para acostarse, para hacer el amor, para que nos digan “tienes las manos frías”, para fumar y para no salir del cuarto. Para todo lo demás es malo el frío.
O será tal vez que me dueles, mansamente, insoportablemente me dueles…
O que espero curarme de ti en unos días…
O que te desnudas igual que si estuvieras sola…
Qué mal momento eligió Sabines para volver. Pero qué buen momento eligió Sabines para volver. Qué ciudad tan exacta para ir por ahí, repitiendo, repitiéndole:
 
¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!
(Te invito a comer uvas esta tarde
o a tomar café, si llueve,
y a estar juntos siempre,
siempre, hasta la noche.)