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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

Categoría

Relato

Segunda parte: Cracovia para cachondos

-¿Qué tanto te gusta el sexo y el porno? –había preguntado Izabela. Y me miraba. -El sexo y el porno… -repetí tratando de ganar tiempo-. Pues… lo normal. -O sea, mucho –agregó Izabela, guiñándome un ojo. -Más que a ti, eso seguro –respondí pícaro también, tratando de seguirle el juego. -No. Te puedo asegurar que no te gusta más que a mí.

Primera parte: Cracovia para católicos

-A ver, tío –me dijo muy serio cuando le expliqué la situación-, ¿que tu novia organiza estas cosas de speed dating y le faltan hombres? ¿Y quiere que vayamos así como así, para usarnos como un miserable trozo de carne y echarnos a las fauces de 20 leonas? -Pues sí, más o menos. ¿Vienes o no? -Joder, tío, qué pregunta. Dame la dirección. Y así empezó toda la aventura de los speed dating que terminó en Amarna Miller...

Esa gente del Caribe

Que un mexicano y un chino lleguen a un acuerdo comunicándose por teléfono, y hablándose en polaco, no es cosa fácil. Tomé el teléfono de la escuela, pues en el restaurante ya conocen el número y no hay que repetir la dirección, y justo cuando ordenaba mi sopa china y mi plato chino y mi bebida china, mi teléfono empezó a sonar. Número desconocido...

En la casa de las Pussy Riot

Viajamos en un tren nocturno a Moscú; llegamos a eso de las 4 am, y como el chico que nos hospedaría nos vería a eso del mediodía, aún tuvimos tiempo de ir a ver el Kremlin y la Plaza Roja casi vacía. Lo único abierto a esa hora era un McDonald´s, así que tuvimos que comernos un McDesayuno mientras mirábamos la tumba de Lenin. Irónico.

Ludwika en Cracovia

No hay un solo mexicano de treinta y tantos años que no sepa quién es Ludwika; no hay un solo mexicano que no sonría al escuchar ese nombre que todos conocimos en 1989. Ni siquiera hacen falta apellidos. Todos sabemos quién es Ludwika; todos sabemos quién es, o quién fue, o quién era - porque con ella cualquier pretérito es correcto- María Joaquina.

Cuando queríamos ser Marcovich

Hace ya 21 años que mi padre prácticamente me encerró en mi habitación para que no fuera a un concierto de Caifanes. Era el 95, yo tenía 13 años y Caifanes era la banda de rock más grande de la escena; habían sido los primeros en hacer un MTV Unplugged en español, y lo mismo tocaban en Rockotitlán o en bares para 200 personas que en el Foro Sol con Soda Stereo o The Rolling Stones.

Noticias tardías: Esos niños no son católicos

-¿Ustedes son católicos?- nos preguntó muy sonriente la mujer de la ONG mientras escribía algo en una carpeta. -Por supuesto, con todos los sacramentos en regla- le respondí. -Muy bien. Y… esa familia a la que quieren recibir en su casa, es una familia católica, ¿cierto? -No, verá, no conocemos a ninguna familia siria, simplemente queremos hacerles saber que estamos dispuestos a recibir a una o dos personas en nuestras casas. -Ah… ya veo… pues, verán, nuestra fundación ayuda únicamente a familias sirias católicas...

Daga y una campana

Daga. Cómo no querer pronunciar un nombre así. Cómo no querer develar el misterio de alguien que se presenta diciendo: soy Daga. Cómo no confundirse, cómo no quedar atrapado. Cómo no resultar herido por una mujer que se llama Daga. Con Daga todo fue un misterioso juego desde el principio; desde su nombre hasta su vientre y desde sus dedos hasta su historia. Y más misterio aún fue su lengua.

"Yo que tú me daría prisa…"

Estábamos en el Café del Arte, cerca de la calle Calatrava, donde además de precios asequibles, cada tapa tiene nombre y puedes elegirla con tu bebida, así que pides un Dalí, un Quevedo, un Picasso, un Valle-Inclán. Era el cuarto o quinto bar de esa noche, tomamos un par de cañas, pagamos, nos abrigamos y salimos a fumar un cigarro antes de irnos. Y entonces apareció la mujer.

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