Ahí estaba yo a los diez años. Viernes a las 2 de la tarde, aún con mi horrible uniforme verde puesto y mi enorme mochila en la espalda, entrando con cierto temor en aquel antro maloliente y oscuro donde los chicos mayores se disputaban con destreza el título de amo y señor del videojuego más sangriento que se hubiera visto en los años noventa: Mortal Kombat II.