Estábamos en el Café del Arte, cerca de la calle Calatrava, donde además de precios asequibles, cada tapa tiene nombre y puedes elegirla con tu bebida, así que pides un Dalí, un Quevedo, un Picasso, un Valle-Inclán. Era el cuarto o quinto bar de esa noche, tomamos un par de cañas, pagamos, nos abrigamos y salimos a fumar un cigarro antes de irnos. Y entonces apareció la mujer.