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Un tal Merino

Textos de Alejandro Merino

La república imposible

Solo se piden cuatro requisitos para entrar al país: sonreír, conducir despacio, tratar de fomentar el arte en cualquiera de sus formas y no tirar cosas al río. De risa, ¿verdad? Sonreír. Así se obtiene la visa para este país imposible

La chica que me arruinó los otoños

Hoy, cinco años después de tu muerte, me doy cuenta que ya no recuerdo la ropa que llevabas aquel último día que nos vimos; todos esos detalles que podía reconstruir de memoria son ahora borrosos. El camino desde mi casa de entonces hasta tu casa de entonces se me ha olvidado por completo. Tu voz también está desapareciendo; me cuesta mucho recordar el tono que tenía, o los detalles de tus manos.

Quédate otros treinta años

Es definitivo. Te me vas. Lo confirmo más cada día, cuando en mi almohada aparecen otros treinta o cuarenta cadáveres de lo que alguna vez fue una abundante cabellera; lo confirmo en la coladera del baño, en el piso, en el lavabo. Lo nuestro ya no lo arregla ni Dios.

Putas lavadoras

No fue precisamente excitación lo que sentí, no me provocó una erección ni me hizo entregarme a las artes de Onán. No era la primera mujer desnuda que veía en la pantalla (por aquel entonces yo ya conocía a Savannah, Janine Lindemulder y algunas otras chicas Vivid, pero ninguna de ellas se comparaba con la chica italiana que en ese momento aparecía). No, no fue excitación, fue el mismísimo síndrome de Sthendal en toda su pureza.

Que Marcos tenga razón

-Aun así, joven, –agrega con tono tranquilizador- podemos encontrar la salvación si nos arrepentimos de nuestros pecados. Si usted se arrepiente de sus faltas, el Señor le dará vida eterna. Casi siempre te divierte hablar con los emisarios de La Palabra del Señor, hacerte el ingenuo, el hereje, el ateo, el escéptico. Pero esta vez tienes demasiado sueño y quieres volver a la cama. -Señora, orgasmo y arrepentimiento son dos términos contradictorios.

P. D: Mátalos a todos

Nada ha cambiado desde que tu hermano murió. Nada. Así que míralos bien, escúchalos bien, y entonces te darás cuenta de que matarlos de una sola vez es más… digamos, piadoso.

La huelga que se llevó a Gisela

“Mira cabrón –así le dijo Taibo II al chico de la grabadora-, yo te aseguro que cualquier hombre, cualquiera, puede conquistar a cualquier mujer, con los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda”… No escuché el resto de la entrevista. Cuando le hicieron la siguiente pregunta yo ya estaba corriendo por toda la feria, buscando el famoso libro de ese tal Pablo Neruda.

¿En qué nos parecemos?

Darina llegó a Cracovia para hacer una estancia laboral casi el mismo día que yo. Se interesaba mucho por Latinoamérica, y me contaba historias sobre su ciudad, su gente y sus costumbres. Siempre encontramos más diferencias que similitudes. Un día antes de marcharse a su natal San Petesburgo me preguntó: ¿Crees que los rusos y los mexicanos se parezcan en algo, quiero decir, en algo de verdad esencial?

Ella se equivoca

Una y otra vez, con infinita paciencia, me corrige la pronunciación de los dígrafos dz, sz, ść, y yo los vuelvo a pronunciar mal; me repite por enésima vez la terminación się de los verbos reflexivos. No desespera. Pone su mano sobre la mía, apenas un segundo, un roce, y sonríe y me dice que sí, que el polaco es muy difícil, pero que no lo hago tan mal (qué bello eufemismo el suyo para decirme que hay otros más ineptos).

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