Es ridículo, lo sé, pero fue hasta hace 4 años, cuando me vine a vivir a Polonia, cuando empecé a comer picante. Es muy triste, es vergonzoso; como para que mi padre me desherede. Él, mi padre, que siempre le reclamaba a mi madre por no hacer la comida más picante. Ella, mi madre, que a escondidas hacía dos cazuelas del mismo guisado, una para mi padre y una para mis hermanas y para mí, que llorábamos de enchilados si probábamos lo que comía don Alejandro.
Vuelvo a encontrarme con Travis y Becky en Minneapolis después de 7 años. Trabajamos juntos en un bar durante unos meses y nos hicimos muy buenos amigos; ahora Becky trabaja en un salón de belleza en Saint Paul; ella es pequeñita, delgada, de ojos grandes y nunca la he visto dos veces con el mismo corte o color de pelo. Travis es un gringo grande, un gringo XL, muy rubio y de barba hasta la mitad del cuello, y siempre está haciendo chistes sobre mexicanos, negros, chinos, pero principalmente sobre blancos.
Todo es enorme en este país: las montañas, los desiertos, las autopistas, los puentes, las cajas de Corn Flakes, los helados, los pasillos de los supermercados, las rebanadas de tocino. Parques nacionales del tamaño de Puerto Rico, lagos más grandes que Eslovaquia o Suiza. Solo en el Gran Cañón del Colorado cabrían 8 países de Europa; hay librerías más grandes que Mónaco, hamburguesas del tamaño de pizzas. Hay incluso tiendas de ropa donde la talla más pequeña es XL.