La expresión se la escuché por primera vez a Bárbara, mi profesora de Literatura de la universidad. Orgasmos literarios. Debo reconocer que al principio dicha expresión me pareció exagerada. Risible. Quizá porque en aquel momento yo aún no había tenido ninguna experiencia literaria de ese calibre.
Tbilisi resulta más bien triste. Deprimente. Pero yo soy un chilango, y soy más de ciudades, y por muy fea o aburrida que me digan que es una capital, siempre quiero visitarla y comprobarlo.
Me bajé del autobús mucho antes de donde debía, y en cuanto este se perdió en el horizonte supe que la había cagado. Me encontraba de pronto en medio de una carretera rural, sin nada vivo a la vista, en algún rincón olvidado de Letonia.
En general las direcciones funcionan así. Calle, número, ciudad –estado o región, a veces-, país y código postal. Cinco o seis datos, nada más. No es necesario agregar otra cosa, pero en México complicamos las cosas, y no sé si lo hacemos porque somos idiotas, ignorantes, inocentes, o simplemente porque nos gusta joder al otro, o sea, por cabrones.
De todas las bendiciones que me ha dado el Señor, la que más le agradezco es mi resistente sistema digestivo. Amo mi estómago, mis intestinos y mi colon. Puedo comer cualquier porquería, cualquier insalubre alimento, y ahí está mi estómago, haciendo lo suyo. No se inmuta, todo lo recibe, y todo lo digiere. Y así voy por la vida; comiendo deliciosas cochinadas. Gracias, Señor, por este estómago de neandertal.
He llorado con varios libros, me he reído también con muchos; tengo algunos favoritos, y a veces me siento muy contento de haberme topado con ciertas novelas o autores magníficos (siempre gracias a un amigo o a otro libro, nunca por mí mismo). Pero hay cuatro libros que me han cambiado la vida. Y los cuatro me la han cambiado para mal.
Da lo mismo 38 que 48 grados, eso es, simple y llanamente, un pinche calor de la chingada. Y lo mismo pasa del lado opuesto con el frío, algo que aquí en Polonia es constante. A veces hace frío, mucho frío, frío con sol, o hasta frío rico, pero por ahí de los 15 grados bajo cero, ya no importa. Lo mismo da -15 que -25. Eso es, simplemente, un chingo de frío.
Pienso y sonrío porque creo que estarás por ahí, con un café y un libro en las manos, o no con un café, y no con un libro en las manos… Quizá con frío, quizá con alguien, quizá con tedio, como el mío.
Cinematográficamente, soy un “cachorro del imperio”: de niño quería ser como Mad Max, y últimamente como Denzel Washington en The book of Eli, o como Viggo Mortensen en The road. Un mundo devastado, casi deshabitado, gris, y algunos humanos desperdigados por ahí, buscándose, o huyéndose. Son años de educación hollywoodense; decenas de películas post-apocalípticas que han alimentado esa idea. No sé, sencillamente me parece interesante. Una parte de mí fantasea con ese escenario.