Hice lo que pude para que quisieras quedarte,

y no bastó.

 

Busqué incansablemente

las palabras que pensaba necesarias,

y cuando creía tenerlas en la punta de los ojos,

se me escapaban siempre por el rabillo de tu lengua.

 

Resistí cuanto pude a que tu embrujo

y el de esta ciudad

se me volvieran uno,

y no pude.

 

De pronto –y tarde-

tú estabas en toda la ciudad,

en cada calle,

en cada parque,

en cada andar,

y toda la belleza de estas calles estaba en ti,

en tus manos,

en tu aliento.

 

Hice lo que pude porque te quedaras,

pero no supe cómo.

 

Te fuiste una mañana

-o una noche, ni siquiera eso lo supe-,

 

abrazada solo a ti misma

te fuiste por ese camino que conducía solo a ti,

¿y sabes qué?

lo entendí.

 

Yo también me hubiera ido.

 

Yo también lo he hecho.

 

Hice entonces lo que pude

por separar tu embrujo de estas calles,

por volver a sentir esta ciudad sin ti,

sin tu eco,

sin tus imágenes llenando las plazas.

 

Lo intenté,

no sabes cómo lo intenté,

pero no pude.

 

Esta ciudad ya era tuya antes de mí,

te pertenece aunque te hayas ido,

esta ciudad es solo tuya,

yo siempre estuve de paso.

 

Su embrujo será siempre tu embrujo,

yo estoy de más en estas calles.