Vine hasta aquí huyendo

-¿de qué huía?-

o tal vez buscando

-pero, ¿qué buscaba?-

 

Vine a vaciarme de un país desmoronado,

de sus miradas y de su furia,

vine hasta aquí a llenarme de cualquier cosa,

de palabras,

de distancias,

de dudas.

 

Llegué a la mitad de una mañana verde,

y apenas poner un pie aquí,

hubo quietud y hubo respiro,

hubo tiempo,

y súbitamente fue domingo.

 

El ritmo de esta ciudad,

su caos pueril,

su ajetreo cotidiano,

todo su bullicio fue calma,

y me senté a la sombra de palabras nunca oídas,

me senté a mirar,

a llenarme los ojos,

la boca,

y los poros de Cracovia.

 

Sus ruidos

-lo supe casi enseguida-

eran distintos,

sus ruidos no asustaban,

no herían,

no amenazaban.

 

Dejé de mirar sobre mi hombro,

dejé de ver con sospecha las esquinas,

y comencé,

en cambio,

a recorrer los callejones de esta ciudad,

incluso de madrugada,

sin temer a los rostros ajenos.

 

Descubrí que era posible conciliar la noche y el andar,

descubrí que aquí mis pasos no tenían ninguna prisa,

que todo el tiempo era mío,

que mañana no llegaba nunca,

descubrí que de pronto era domingo,

que esta ciudad lo hacía posible,

con su río y sus puentes,

con su enorme castillo y sus leyendas,

su plaza de los héroes del gueto,

su barrio judío,

y sus cafés,

siempre sus cafés,

incontables,

inacabables,

inabarcables,

cafés de cuento

en una ciudad de cuento.

 

Era una ciudad verde y extraña,

onírica y cercana,

y no era mía

-ni lo sería nunca-,

pero era verde,

y fue domingo.

 

Fui caminándola a trocitos,

fui perdiéndome en sus muros y en sus tejados,

y encontré voces familiares,

voces que hablaban mi lengua

y reían a mi ritmo,

encontré rostros que como yo,

llegaron aquí buscando algo,

huyendo de algo,

siguiendo a alguien,

y en cuyas voces a veces se asoma

esa nostalgia cómplice de los que no saben

si ya son de aquí,

si algún día volverán allá,

o si es mejor no pensar en ello.

 

Y sí,

era mejor no pensar en ello,

así que fui llenándome las suelas de Cracovia,

y como un niño que aún no entiende palabras,

me dediqué a escucharla…

 

aún no había nada que decirle.

 

Siguió siendo domingo,

el aire se enfrió ligeramente,

llovió a ratos con furia,

y a ratos con temor,

yo seguí llenándome de ella

mientras el sol se volvía más tímido.

 

Los árboles dejaron el verde,

la ciudad entera se tornó dorada,

anaranjada,

violeta,

y fue domingo entre las hojas que cubrieron sus calles.

 

Descubrí el eco de Szymborska en el café Prowincja,

algunos restos de Jerzy Pilch en el café Szafe,

en mis ojos no cupieron los colores,

y por momentos,

en mi boca no cupieron más palabras,

comenzaron a salírseme,

comencé a escribir fragmentos,

escenas inconclusas

de un domingo que parecía eterno.

 

Los colores

–como ese café en Kazimierz-

habían tomado la ciudad,

y yo no pude sino sonreír,

porque en Cracovia siempre era domingo.

 

Después llegó la nieve

y cubrió la ciudad con su velo,

las calles fueron blancas

y el sol perezoso se levantaba apenas del horizonte,

unas horas al día solamente.

 

Nevó a ratos con furia,

y a ratos con delicadeza,

hubo historias y amigos,

desvelos y amores,

noches claras y paseos.

 

Un rincón de la calle Kanonicza me regaló varios cuentos,

los enormes árboles de Westerplatte

perdieron hasta la última hoja,

se congeló el río

y el tiempo,

fue invierno en Cracovia,

y fue domingo.

 

Volvió el verde,

la gente volvió a poblar los parques y las terrazas,

no faltaron risas ni brindis,

ni belleza en las calles,

ni plácidas caminatas nocturnas.

 

Cracovia mudó otra vez de piel,

fue dorada,

y blanca de nuevo,

sin que dejara de ser domingo.

 

Y a la mitad de un verde cracoviano aparecieron tus ojos,

entre cigarros y amigos,

aparecieron tus ojos.

 

Tu voz se extendió por todo el otoño,

tu sonrisa llenó el invierno,

y más que nunca,

Cracovia fue domingo.

 

Llenaste de poesía las calles.

 

Me llenaste de poesía las calles…

 

 

Tu ir y venir desbordó la ciudad de palabras,

de vino

y tardes

y tranvías

y dudas

y al final,

de promesas rotas.

Justo a la mitad de este domingo cracoviano

dejaste aquí tu historia,

tomaste tus pasos

y te fuiste con ellos,

a estar contigo,

a otras calles,

a otro tiempo.

 

Y aunque aquí siguió siendo domingo,

Cracovia se agrietó un poco,

se le secaron algunas fachadas,

se le quebró ligeramente una esquina,

y el ruido

-que quizá siempre estuvo ahí-

por primera vez

empezó a hacerse audible,

más,

más audible.

 

Los enormes árboles de Westerplatte

reverdecieron otra vez,

las terrazas se llenaron,

pero ese rincón de la calle Kanonicza

dejó de regalarme cuentos.

 

Después volvió el otoño

cubriendo todo de hojas doradas,

pero el eco de Szymborska se esfumó

sin avisar,

sin decir nada.

 

Y volvió el invierno y nos golpeó de blanco,

el silencio por primera vez dolió,

y yo lo supe…

 

Cracovia se me había resquebrajado.

 

Su voz se me había perdido,

sus colores se habían diluido,

el ruido la había tomado.

 

 

Sé que el verde volverá,

puntual como siempre,

pero acaso yo he dejado de verlo.

 

No tengo más que decirle…

 

Sí,

 

Cracovia fue un domingo,

pero está anocheciendo.