Me acuerdo. No me acuerdo”.

¿De dónde venías?

¿En qué tarde, en qué mirada comenzaste

a abrirte paso entre mis días?

 

¿A la mitad de qué copa

empezamos a mirarnos,

a mirarnos más allá?

 

¿Al humo de qué cigarro

comenzó a pasarnos,

comenzamos a confiar,

y al mismo tiempo a dudar?

 

¿Fuiste tú?

¿O fui yo el primero en querer escapar?

 

¿Fue tu voz quien se asomó

por primera vez a mis ojos,

o fue mi boca quien giró

en la esquina de tus manos?

 

No me acuerdo.

 

¿En dónde estás cuando te miro?

¿Hacia dónde vas cuando te llamo?

¿Por dónde vas cuando callas?

¿De dónde vienes cuando sonríes?

 

Por dónde, de dónde, hacia dónde…

 

¿Fui yo quien llegó,

o fuiste tú quien me dejó llegar?

 

Al final eso poco importa.

 

Entraste, inevitable, en mis silencios,

entré, sin ser invitado –y tardío-

en la calma de tu invierno.

 

Y hoy me pregunto:

 

¿Dónde se entierra lo que no ha muerto?

¿Dónde se guarda?

¿En la repisa, siempre a la mano,

siempre a la vista?

¿En un cajón, para irlo de a poco olvidando?

¿Detrás del espejo,

para que cualquier imagen lo esconda

y me impida verlo?

 

¿Dónde se deja la sonrisa inolvidable de unos ojos?

¿Dónde se encierran los labios de una noche a medias?

¿Cómo irse desprendiendo de este vaivén inexplicable?

 

¿Dejar que el tiempo haga lo suyo?

¿Qué el silencio o la distancia

se lleven todo poco a poco?

 

¿Fuiste tú? ¿Fui yo?

No me acuerdo.

 

Recuerdo que de pronto ahí estabas.

 

Eso es todo.