Al principio simplemente pensé que Paulina estaba un poco loca. Loca habladora, loca inocente, loca divertida.

Se había mudado a Cracovia unos meses antes; de Szczeciński, o Szczecinek, nunca me lo pude aprender, pero era uno de esos lugares que los polacos llaman ciudad aunque tenga 60 mil habitantes. Es decir, para mí, un pueblote.

Era hija única, no tenía familiares aquí, y de sus padres hablaba muy poco y siempre con cierto recelo. Se vino a Cracovia sola, a buscarse la vida. Encontró trabajo rápido, comenzó a hacer amigos, nos conocimos, empezamos a salir. Y a mí simplemente me pareció que Paulina estaba un poco loca. Loca inocente, loca siempre llena de energía. Llena de ganas de vivir en esta ciudad espléndida.

No presté atención a lo coincidente de sus historias hasta un par de meses después. Entonces empecé a notar que Paulina parecía tener muy mala suerte cuando se trataba de fiestas, bares, reuniones. Empezaron siendo pequeñas riñas justo en la fiesta donde ella estaba; peleas afuera de algún bar que sucedían justo cuando ella pasaba, o en la mesa de al lado; un intento de asalto a la persona que iba delante de ella en la calle; un pequeño accidente de coches justo cuando ella se detenía en un cruce.

Y esta mala suerte, estos peligros de los que se libraba por muy poco se fueron repitiendo, y creciendo, hasta que un día comencé a pensar que quizá Paulina no tenía mala suerte; quizá Paulina era más bien una loca un poquito exagerada, loca llamando un poco la atención, loca queriendo tener siempre algo que contarme.

Entonces las peleas en los bares comenzaron a ocurrir justo en su mesa, y los intentos de asalto le pasaron justo a ella, y los pequeños accidentes de tránsito –leves aún- justo a su coche.

Me habló del tipo que la seguía; lo había visto rondando su casa varias noches, y al salir del trabajo. Lo veía desde su ventana, parado en la esquina, en el supermercado, en algún semáforo. Y un día al volver a casa lo encontró en su puerta, y él le habló, y ella se asustó, forcejearon, él quiso entrar, ella gritó. Me enseñó las marcas en su brazo al día siguiente.

Creo que fue entonces cuando ya no supe qué clase de loca era Paulina: loca inocente con mala suerte, loca inventando historias, loca un poco de ambas.

Vinieron después los desmayos, los dolores en el pecho que le impedían moverse y la hacían llorar (se negó rotundamente a que la llevara al médico), un asalto con pistola, y lo que ella describió como un intento de secuestro. El tipo que la seguía había vuelto a aparecerse por su casa, aunque casualmente nunca cuando yo la llevaba.

Comencé a asustarme, a pensar hasta dónde podría llegar esa extraña locura de Paulina, tan divertida, tan inocente al principio.

Me daba miedo seguir con ella y me daba miedo terminar. Finalmente, un par de semanas después de un nuevo intento de asalto- esta vez su historia incluyó la frase intento de violación- lo dejamos. Me alejé, aunque traté, de cuando en cuando, de saber cómo estaba sin que ella lo supiera. Con los meses fuimos perdiendo todo contacto, y hasta donde supe, todo marchó bien.

Hasta el accidente, hace 10 días. Conocí a sus padres en el hospital, y he sabido un par de cosas que quizá siempre estuvieron ahí, pero que nunca pude ver.

Y aunque sus padres lo han mencionado ya un par de veces, se me sigue olvidando si es Szczeciński o Szczecinek. Pero al menos ahora sé con certeza que Paulina era más de lo que yo pensaba. Paulina era –es- una loca alegre y llena de ganas de vivir en esta ciudad espléndida. Pero también una loca con historial. Loca esquizofrénica, loca pidiendo ayuda, loca arrojándose a un auto en movimiento.

Loca en una cama de hospital.

Loca en coma.